
La inteligencia artificial puede ser aliada y problema a la vez: ayuda a ahorrar energía y optimizar recursos, pero también dispara el consumo eléctrico de los centros de datos y la demanda de materiales críticos. Hoy, la clave no es decir “IA sí” o “IA no”, sino cómo la usamos, con qué energía la alimentamos y para qué la ponemos a trabajar.
El lado oscuro: energía, CO₂ y materiales
Cuando pedimos una imagen, un texto o un vídeo a una IA, no pensamos en los servidores que hay detrás, ni en la factura energética que eso implica. Sin embargo, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) advierte que el consumo eléctrico de los centros de datos se más que duplicará, pasando de unos 415 TWh en 2024 a unos 945 TWh en 2030, con la IA como principal motor de ese aumento. Es una cifra enorme: equivale a la electricidad que consumen países enteros en un año.
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